Cuando nos acercamos a un “Santo”, para “rezarle” o pedirle favores, en realidad estamos aprovechando sólo una mínima parte de lo que dicho santo nos da.

De hecho, los santos son una parte viva e integrante de nuestra Iglesia católica romana, aunque nos cueste reconocerlo y darnos cuenta, TODO EL TIEMPO vivimos totalmente unidos y en perfecta comunicación con todos y cada uno de los santos…

Decir que “cada quien SU santo”, es una frase o una idea muy discutible, que nos hace pensar que el hecho de creer es algo personal y que depende de nuestra propia conciencia y de nuestra propia libertad…, todavía más, pensamos que la solución de nuestro problema depende de nuestra voluntad de creer… lo cual induce a pensar que es un acto personal o privado, de “cada quien”.
Nada más erróneo, por una parte la fe es un don, es algo dado, recibido, un regalo que no depende de nosotros, creemos gracias a una primera experiencia
que es un hecho que no depende de nosotros

Por otra parte, al conectarnos espiritualmente a un santo, nos estamos uniendo a toda la Iglesia de todo el mundo y del cielo, no puede haber fuerza más poderosa que la unión con todos los creyentes de todo el mundo y a todos los santos del cielo.

jueves, 30 de julio de 2015

AURELIO AGUSTIN, el maestro... obispo de Hipona

Aurelio Agustín nació en Tagaste, cuando el norte de África era territorio romano, el 13 de noviembre de 354. Su padre se llamaba Patricio, era un funcionario al servicio del Imperio. Su madre se llamó Mónica, una mujer dulce y paciente, pero con gran un genio intuitivo y una tenacidad a toda prueba. Educó a su hijo como católico, aunque, ciertamente, no llegó a bautizarlo. Cuando era  niño, era muy enojón, soberbio y egoísta, aunque con una inteligencia muy sobresaliente. El Señor Romaniano, un personaje altruista y notable de la ciudad, se hizo cargo de sus estudios, pero a Agustín, le repugnaba el griego y prefería pasar su tiempo jugando hasta que fue mayorcito y su deseo de conocimientos era mayor; terminadas las clases de Gramática en su pueblo, estudió las Artes Liberales en la ciudad de Metauro y después retórica en Cartago.

A los dieciocho años, Agustín tuvo una amiga, que le dio un hijo, al que pusieron por nombre Adeodato.  Se emocionó entonces por el  teatro y otros espectáculos públicos y hasta se volvió delincuente; renegó entonces de la religión de su madre.

Su primera lectura de la Biblia le decepcionó y acentuó su desconfianza hacia una fe no razonada y no apoyada en la razón. Sus intereses le inclinaban hacia la filosofía, y se volvió escéptico moderado, aunque no plenamente convencido.

Agustín pensaba  que la tranquilidad de conciencia sólo se lograría por los caminos de la más absoluta racionalidad. Sufrió mucho en buscar un sistema de pensamiento integral, porque resultaba muy dificil  defender las verdades reveladas supuestamente por DIos, con las certezas científicas y matemáticas y alcanzar asi  el conocimiento de la verdad y la divinidad. Más difícil si consideramos que tenia un temperamento sensual y ardiente, muy enamorado y un carácter demasiado fuerte y emotivo, además de ser un tipo muy agradable y triunfador...

El hecho que mayor huella dejó en la vida de Agustín, en estos años es su adhesión al pensamiento maniqueo; su preocupación por el problema del mal, asunto que lo acompañaría toda su vida, fue determinante en su adhesión al maniqueísmo, una corriente religiosa de moda en aquella época, los maniqueos afirman que dos sustancias opuestas, una buena (la luz) y otra mala (las tinieblas), eternas e irreductibles. A Agustín le seducía este dualismo y la fácil explicación del mal y de las pasiones  humanas, La doctrina de Manes, aún más que el escepticismo, se asentaba en un pesimismo radical, atribuyéndole un gran poder a la materia tenebrosa, al mal,  enemigo del espíritu, dedicado a la difusión de esa doctrina, dio clases en Cartago (374-383), Roma (383) y Milán (384). Durante diez años, a partir del 374, vivió Agustín esta amarga y loca religión. Se entregaba a los himnos, los ayunos y las variadas abstinencias y complementó todas estas prácticas con estudios de astrología A partir del año 379, sin embargo, su inteligencia empezó a ser más fuerte que la fascinación de lo maniqueo. Se apartó de sus correligionarios lentamente, primero en secreto y después denunciando sus errores en público. La llama de amor al conocimiento que ardía en su interior le alejó de las simplificaciones maniqueas asi como se había apartado del escepticismo.

En 384 encontramos a  Agustín en Milán ejerciendo como profesor de oratoria. Allí lee sin descanso a los clásicos, profundiza en los antiguos pensadores y devora algunos textos de filosofía neoplatónica. La lectura de los neoplatónicos, probablemente de Plotino, debilitó las convicciones maniqueístas de San Agustín y modificó su concepción de la esencia divina y de la naturaleza del mal; igualmente decisivo en la nueva orientación de su pensamiento serían los sermones de San Ambrosio, arzobispo de Milán, que partía de Plotino para demostrar los dogmas y a quien Agustín escuchaba, quedando "maravillado, sin aliento, con el corazón ardiendo".

A partir de la idea de que «Dios es luz, sustancia espiritual de la que todo depende y que no depende de nada», San Agustín comprendió que las cosas, estando necesariamente subordinadas a Dios, derivan todo su ser de Él, de manera que el mal sólo puede ser entendido como pérdida de un bien, como ausencia o no-ser, pero en ningún caso como sustancia como un principio opuesto al bien.

Dos años después, convencido de haber recibido una señal divina decidió retirarse con su madre, su hijo y sus discípulos a la casa de su amigo Verecundo, en Lombardía, donde San Agustín escribió sus primeras obras. En 387 se hizo bautizar por San Ambrosio y se consagró definitivamente al servicio de Dios. Mónica, murió poco después.

En 388 regresó definitivamente a África. En el 391 fue ordenado sacerdote en Hipona por el anciano obispo Valerio, al propio tiempo, sostenía enconado combate contra las herejías y los cismas que amenazaban a la fe católica, mantuvo apasionadas discusiones con maniqueos, pelagianos, donatistas y paganos.

Tras la muerte de Valerio, hacia finales del 395,  Agustín fue nombrado obispo de Hipona; desde este pequeño pueblo de pescadores proyectaría su pensamiento a todo el mundo occidental. Dedicó numerosos sermones a la instrucción de su pueblo, escribió sus célebres Cartas a amigos, adversarios, extranjeros, fieles y paganos, y ejerció a la vez de pastor, administrador, orador y juez. Al mismo tiempo elaboraba una ingente obra filosófica, moral y dogmática; entre sus libros destacan los Soliloquios, las Confesiones y La ciudad de Dios, extraordinarios testimonios de su fe y de su sabiduría


Durante los últimos años de su vida le toco vivir las invasiones bárbaras del norte de África (iniciadas en el 429), a las que no escapó Hipona. Al tercer mes del asedio de Hipona, cayó enfermo y murió.